domingo, febrero 26, 2017

“Último recurso”, de David Miralles






Te veo venir por última vez
a mi encuentro.
Cruzas una calle mojada
que devuelve tu figura
y siento el aire helado
que te envuelve como un muro,
muro que no podrá vencer
ni el estratégico poema
que abandono frente a ti.



en Los malos pasos, 1990






sábado, febrero 25, 2017

“Cuántas lágrimas (mirando al Sur)”, de Li Yu

© Versión de Juan Carlos Villavicencio





Cuántas lágrimas
rasgan tus mejillas y corren a través de tu rostro.
No intentes decir nada cuando la ansiedad te haga llorar,
ni toques la flauta cuando tus lágrimas esperen ser evocadas,
o de verdad tu corazón se terminará de romper.








Pintura original de Wong May-po












viernes, febrero 24, 2017

“Café Bénabou”, de Enrique Vila-Matas






¿Qué sucede cuando la gente no tiene el mismo sentido del humor? No reaccionan adecuadamente entre sí. Es lo que acaba de ocurrirme con el camarero de este Café Tabac de la plaza de Saint-Sulpice, el café donde antaño se sentaba Perec por las mañanas. Decía Wittgenstein que, cuando la gente no comparte el mismo humor, es como si entre ciertos individuos existiese la costumbre de que una persona arrojara un balón a otra, y se estableciera que la otra persona tenía que atraparlo y devolverlo, y que algunas, en lugar de devolverlo, se lo metieran en el bolsillo. Decido olvidarme del camarero de humor distinto y miro hacia la iglesia de Saint-Sulpice. Estoy en el mismo lugar de observación desde el que Georges Perec, en los años setenta, se dedicaba a catalogar esta plaza y anotar de ella muy especialmente «lo que generalmente no se anota, lo que se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes». Aquí escribió Tentativa de agotar un lugar parisino, un libro que consistía en una meticulosa larga lista de lo que había visto en la plaza a lo largo de varios días diferentes. En su momento lo leí con infinita diversión. Allí había anotado Perec todo lo que pasaba cuando no pasaba nada y había excluido de su lista sólo lo que pudiera resultar demasiado trascendente, y sobre todo lo que ya estaba «suficientemente catalogado, inventariado, fotografiado, contado o enumerado».

Apuro mi café y tengo un recuerdo para El salto en paracaídas, un breve texto genial, incluido en Nací. Cuando aún era un tierno principiante, hacia 1959, al final de una reunión del grupo de la revista Arguments, Perec pidió la palabra, y su intervención tuvo alguien la ocurrencia de grabarla. Feliz ocurrencia. Perec contó de forma tan inspirada como tartamuda una experiencia muy personal («la cuento porque estoy un poco... porque he bebido un poco»), una aventura de su breve paso por el paracaidismo y la historia de cómo llegó a comprender que, en la literatura y en la vida, era absolutamente necesario lanzarse, tirarse al vacío, «para persuadirse de que eso podría quizá tener un sentido que incluso uno mismo ignorase».

Entre los libros de primera hora que me cambiaron la vida, estuvieron siempre los de Perec, libros que recuerdo haber leído fascinado, devolviéndole al autor, página a página, cada uno de los eufóricos balones que lanzaba. Desde el primer momento, vi que Perec era inseparable de Roussel y de Kafka, precisamente los otros dos escritores que entonces más me interesaban, pues me habían demostrado que en novela era posible hacer cosas muy distintas de las que se predicaban en mi tierra. En aquellos días, por lo que fuera, todo a veces se producía de la forma más sencilla. Y así Kafka, Roussel y Perec llegaron a mí con la máxima naturalidad, casi juntos, y después lo hicieron libros también decisivos como el ensayo novelado Maupassant y «el otro», donde Alberto Savinio, con el pretexto de hablar de Maupassant, acababa hablando de todo, y para eso le bastaba con asociar cualquier idea con el dichoso tema central, en realidad ausente. O libros como El mito trágico del Ángelus de Millet, de Salvador Dalí, cuyo atractivo método de trabajo, alejado de todos los dogmas sobre la novela, se basaba también en asociaciones de ideas, asociaciones que se desplegaban en un tapiz que, al dispararse en todos los itinerarios posibles, acababa por convertirse en inagotable.

Pasa un autobús de la línea 63, y lo anoto —como todo— meticulosamente. Pasa luego uno de la línea 96, que va a Montparnasse. Frío seco, cielo gris. Pasa una mujer elegante llevando tallos en alto, un gran ramo de flores. El 96 es el mismo autobús que Perec atrapara en sus apuntes, y el mismo que luego me trasladará a mi hotel aquí en París, el Littré. Un rayo de sol. Viento. Un mehari verde. Lejano vuelo de palomas. Instantes de vacío. Ningún coche. Después cinco. Después uno. «La trama es una vulgaridad burguesa». Le adjudico la frase a Nabokov. «El estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies», recuerdo que respondió John Banville en una entrevista.

Es posible que estas dos citas sean como lanzar un balón que no van a devolvernos nunca todos aquellos que tienen todavía el humor de situar a la trama decimonónica en un pedestal absoluto. La novela del futuro verá esa trama como una simpleza que hizo furor en cierta época y se reirá de un tópico que me machacó durante mi primera juventud, esa idea de que la novela —«como bien saben en el mundo anglosajón»— ha de privilegiar siempre la trama. Hoy me alegro de haber visto pronto que aquella idea británica sobre la novela, como sucedía con tantas otras, no tenía por qué considerarla una regla inamovible. Me moría de risa el día en que le escuché a Kurt Vonnegut decir que las tramas en realidad eran sólo unas cuantas y no era necesario darles demasiada importancia, bastaba con incorporar —casi al azar— una cualquiera de ellas al libro que estuviéramos escribiendo y de esta forma disponer de más tiempo para la forja de lo que realmente habría de importarnos: la forma de contar lo que vemos, de interpretar el mundo, el estilo.

¿Y cuáles eran esas tramas? Un amigo se las sabe de memoria, tiene una lista muy perecquiana: «Alguien se mete en un lío y luego se sale de él; alguien pierde algo y lo recupera; alguien es víctima de una injusticia y se venga; dos se enamoran, y mucha otra gente se entromete; una persona se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; alguien escribe un relato breve (al estilo de Bartleby, el escribiente) y termina escribiendo una historia imaginaria de la literatura del siglo xx (al estilo de Moby Dick)...».

¿Y qué sucede cuando no ocurre nada? Que termina uno a veces por acordarse de los orígenes de su fascinación por las tramas no convencionales y recuerda cuando descubrió que se podían construir libros libres, de estructuras inéditas, con asociaciones y cavilaciones en torno a centros ausentes... Son las doce y doce de la mañana. Pasa un camión Printemps Brumell. Viento. Pienso en métodos construidos con hiperasociaciones de ideas que —como en libros de Savinio o Dalí— no agotan nunca el tema en estudio y observación. Sin duda, una obra maestra absoluta de ese nuevo género fue la hipernovela La vida instrucciones de uso, donde se daban cita todas las tramas de Vonnegut, que de paso eran dinamitadas, en una operación parecida a la de Flaubert cuando en Madame Bovary acabó con el realismo a base de llevarlo hasta su extremo máximo y ser el más realista de todos. Pienso en los veintinueve años y once meses que se cumplen desde que apareciera La vida instrucciones de uso, un libro al que Italo Calvino, por variadas razones —«el compendio de una serie de saberes que dan forma a una imagen del mundo, el sentido del hoy que está también hecho de acumulación del pasado y de vértigo del vacío»— consideraba como el último verdadero acontecimiento en la historia de la novela: puzzle en el que el propio puzzle da al libro el tema de la trama y el modelo formal, y donde el proyecto estructural y la poesía más alta conviven con asombrosa naturalidad.

De hecho, durante un largo tiempo La vida instrucciones de uso fue para muchos, en efecto, el último verdadero acontecimiento de la novela moderna. Después, vendría un gran libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, que recogía con extraordinaria osadía y talento el guante lanzado por Perec. Día de cielo gris, frío seco. Viento. Pasa un señor con aspecto de secretario «provisionalmente definitivo» de alguna sociedad secreta de inventores de aforismos. Parece salido de una de las páginas más divertidas de Perec. Podría llamarse perfectamente Bénabou. Incluso este café, si lo miro bien, podría llamarse también Bénabou. Pasa otro autobús de la línea 63. Pasa el 96. Lasitud de los ojos. Risas sofocadas. Distintos humores. Voy anotando. Alguien mueve un visillo más allá del café Bénabou. Tañidos de la campana de Saint-Sulpice. Se acumula el pasado y al mismo tiempo el vértigo de un vacío, lo que también anoto debidamente. Pasa otro 63. Quisiera decir todo lo que le es posible a un hombre decir, y decirlo, además, de todos los modos posibles. Pero me parece que, ni aun logrando esto, conseguiría terminar algo. Pasa otro 96, éste con aspecto de querer salir disparado hacia las nubes. Como si de una respuesta a semejante aspiración se tratara, ahí arriba, una nube parece inmóvil. Paradojas de cielo y tierra. Risas calladas. No pasará nunca otro 96.



en El viajero más lento, 1992
 





jueves, febrero 23, 2017

"Dillingham, Alaska, bar del Sauce", de Gary Snyder






Los taladros charlan llenos de barro y aire comprimido
por todo el globo,
            en bares de techo bajo oímos las mismas nuevas canciones.

Todas las nuevas canciones,
            en las cantinas del mundo.
            Después de conducir la oruga. Cuando el camión
            volvió a casa.
            Caribú resbaló,
            las patas delanteras se doblaron primero
            bajo la cálida tubería petrolífera
            instalada a un metro del suelo.

Sobre el piso de madera, vaso en mano,
            reír y blasfemar con
            la mujer de otro.
            Tejanos, hawaianos, esquimales,
            filipinos, trabajadores, siempre
            al filo de una bronca,
            en los bares del mundo.
            Oyendo esas nuevas canciones de siempre en Abadan,
            Naples, Galveston, Darwin, Fairbanks,
            blancos o cobrizos,
bebiéndolo todo,

el dolor
del trabajo
de destruir el mundo




en Axe handles, 1983




Traducción de Nacho Fernández, Miguel Ángel Bernat,
José Luis Regojo y John Good
















miércoles, febrero 22, 2017

“Chi Po”, de Francisco Garamona






El lugar y la fecha en que nació se desconocen.
Era pintor, poeta y músico.
Los poemas venían por sí mismos,
los cuadros se pintaban solos y las melodías
que le sacaba a su flauta también.
La materia misma estaba ya fijada
aunque él nunca sabía cuál sería
el resultado de todo eso.
Después de 40 años de trabajo sostenido
sólo buscaba la creación de ciertas “atmósferas”,
ya que lo único que tardaba en alcanzarlo
era la muerte a la que esperaba ansioso
porque sabía que su espíritu se consumía
en el torbellino de su inquieta imaginación.
¿Y para qué pintar un paisaje o poner
en palabras o notas las secuencias de un ritmo?
¿Por qué había que imitar la música
del arroyo desbordado o en calma?
Una noche hizo una fogata en la que destruyó
toda su obra, y tomando a su flauta por los extremos
la quebró secamente golpeándola contra una roca.
Al otro día abandonó su aldea
y durante diez inviernos se convirtió en vagabundo.
Cuando ya era un anciano, el gobierno del Emperador
le consiguió un ínfimo cargo en un Teatro Imperial
donde se representaban dramas y comedias
al gusto de la época. Ahí experimentó la frustración
ya que sus años de vagabundeo lo habían alejado
para siempre de la vida mundana.
Murió al caer de un caballo
en la entrada de unas termas adonde los actores
iban a tomar sus baños medicinales.



en La cobra rubia, 2013






martes, febrero 21, 2017

“Isolda en tres silogismos”, de María Negroni







la espalda entre los cuerpos
a modo de cautela
o quizá
           para nacer gracias a un límite

algo del rojo de mis labios
como terror a estar desnuda

en el bosque desierto
dije de pronto que sí

la noche poquísima
la vi añorando

la dulce herida




en Cantar la nada, 2011













Contribución indirecta a DscnTxt de David Villagrán












lunes, febrero 20, 2017

“A dos razones”, de Efraín Barquero



 

Las buenas mozas suben al anca
y las pasables se van en carro.
Bien destapadas las pretendidas
y las que quedan se ponen manto.

Las maduritas y las de guarda
nunca se pierden en el canasto.
Las pintaditas se casan pronto,
las pasmaditas se van al claustro.

Las más hermosas andan en cabra
y son corridas a dos caballos.
Las feecitas pasan a misa
como un entierro bien enlutado.

Pero de listas y de quedadas
hay siempre gusto como hay reparo.
Las agraciadas que lo demuestren
y las sin gracia que den su mano.



en Las mejores poesías chilenas (Selección de Alone), 1966






domingo, febrero 19, 2017

"El precio de querer volar". Apuntes sobre 'Serata' de Marcelo Pellegrini, de Leandro Hernández Gómez







Presentación de la plaquette Serata de Marcelo Pellegrini, por Ediciones Andesgraund


Debo confesar que no ha sido fácil preparar un texto sobre Serata. Lo llevo leyendo y releyendo desde hace varias semanas y lo que me ha ocurrido es bien singular. La primera lectura me dejó bastante inquieto y por varias razones. Les cuento: me sorprendió el uso de la rima en los primeros textos, la corrección de los versos, de su métrica. Luego, a medida que avanzaba en la lectura, me encontré con una serie de referencias que me parecieron señales dejadas por el poeta para seguir un camino de migas que me podría llevar a un espacio que no fuera una casa de galleta y caramelos: el amor cortés que los trovadores provenzales iniciaran a partir del siglo XII; la tierra baldía y la leyenda del Rey Pescador; la noche oscura de San Juan de la Cruz. En definitiva, creí ver una erótica y una mística, especialmente por la permanente contemplación que se percibe como oficio poético: «Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido».

En cambio, a partir de la segunda y tercera lecturas me entró la duda de que tal vez no fueran señales las que dejaba el poeta sino señuelos, cebos o cazabobos. Entonces me sentí como un chinook viejo que cae y muerde el anzuelo a pesar de toda la supuesta experiencia que da la migración por el río Yukón de la literatura. Y, así, me vi cazado por Serata justo cuando creí que iba tan alto tan alto que le daba a la caza alcance.

De este modo, y luego de toda esta introducción que tiene más cara de ser una serie de excusas, creo que una manera de acceder a esta plaquette de Marcelo Pellegrini puede a través del entendido de que ésta se abre y se cierra como un espacio literario, tal como lo entiende Blanchot en su famoso ensayo.

En el capítulo dedicado a la obra y la comunicación, el autor francés se refiere a lo que es la lectura de la obra poética y dice que «leer, en el sentido literario, ni siquiera es un puro movimiento de comprensión, el conocimiento que mantendría el sentido liberándolo. Leer se sitúa más allá o más acá de la comprensión.» Y luego agrega una imagen que me parece muy adecuada para acercarse o alejarse a Serata, «La lectura no es un ángel volando en torno a la esfera de la obra, haciéndola girar con sus pies alados. No es la mirada que desde afuera, detrás de un vidrio, percibe lo que sucede en el interior de un mundo extraño. Está vinculada a la vida de la obra y presente en todos sus momentos, es uno de ellos y es alternativa y simultáneamente cada uno de ellos...»

A partir de esto último me permito volver, en una lectura que pretende ser literaria, a los primeros cebos que mordí como lector. Quisiera detenerme un momento en el tema del amor que inaugura el conjunto. Si es que hay referencias a la poesía provenzal y su amor cortés, distingo que el erotismo que se despliega aparece despojado de la idealización del ser amado y de la posición de vasallaje del amante, tan propio de esta vertiente, que finalmente lo eleva e ilumina. El amor loco nos aniquila. Nos arranca de la cotidianidad y nos arrastra hasta que desaparecemos, nos borramos, nos tarjamos del mundo. Si fuera amor cortés, estaríamos ante el subgénero alba, aunque el texto se titule Serata, y el poema «Los delatores» podría ser leído también como una referencia a uno de los personajes convencionales del subgénero: los lauzengiers, aquellos testigos y alcahuetes del marido celoso.

Creo que es posible también decir que otro de los temas (o cebos) que cruza Serata es el referido al oficio mismo de poeta y en ese sentido se distingue la serenidad del atardecer, o lo ominoso de la noche que en el caso de esta plaquette «nos trata mal». El poeta desarrolla una poética de la contemplación y contemplar es una manera de actuar y de fracasar. La contemplación de la belleza que no está exenta de violencias, la natural y la humana. Otro gran señuelo es el texto «Tormenta» y que hace que muerda el cebo del Sturm und Drang, «tormenta e ímpetu» que prefigura una de las cumbres estéticas de la Modernidad: el romanticismo, ese momento luciferino, Octavo Paz dixit, en que pareciera en que todo se remece y el lucero del alba ilumina y enciende la cultura. Pero no olvidemos que esta plaquette se llama Serata y no mattinata.

El último resplandor luciferino de Occidente, según el propio Paz, es el proyecto vanguardista, que como todo el mundo sabe puede sintetizarse en igualar el arte con la vida o, dicho de otro y del mismo modo, vivir artísticamente. Todos sabemos, además, que este proyecto fracasa y termina en el museo y en el mercado. A partir de esto cabe preguntarse ¿qué espacio tiene la poesía y el poeta y el lector de poesía en un mundo posterior al fracaso? ¿Qué sentido tiene la obra poética hoy por hoy? Me da la impresión que Serata, de alguna manera, es un esbozo de respuesta a estas preguntas.

Retorno a Blanchot que en su ensayo mencionado anteriormente establece una interesante relación: «El poema es el exilio, y el poeta que le pertenece, pertenece a la insatisfacción del exilio, está siempre fuera de sí mismo, fuera de su lugar natal, pertenece al extranjero, es lo que es el afuera sin intimidad y sin límite (...) Este exilio que es el poema hace del poeta el errante, el siempre extraviado, aquel que está privado de la presencia firme y la residencia verdadera...».

Así, se puede sostener que el o los poetas que aparecen y desaparecen en Serata de Marcelo Pellegrini, el o los sujetos líricos que se solidifican y disuelven en esta plaquette no hacen más que dar cuenta de lo evidente: que no existe «sino pura soledad embancada en la zozobra».

¿Qué es, entonces, vivir? Vivir es ir a la guerra, es cruzar el canal de Chacao a nado, o es también adentrarse en la noche oscura de San Juan de la Cruz. O sea, vivir es actuar, pero también pensar, contemplar, leer. No por nada, Borges se imaginó el paraíso como una Biblioteca. La vida, pareciera decirnos Serata, es pagar el precio por querer volar.




Librería Livin, Santiago, 22 de diciembre de 2016












sábado, febrero 18, 2017

“Escrito en una pared de la posada, al norte de la sierra Dayu”, de Song Zhiwen*



 

Los gansos silvestres
vuelan en octubre al Sur
y emprenden ahora su regreso.
Mientras mis viajes continúan,
sin tener fin jamás.
¿Cuándo podré volver a mi hogar?
La creciente ha descendido,
y el río está tranquilo.
La selva se sumerge
en brumosas emanaciones
de los pantanos.
Mañana, al rayar el alba,
cuando dirija la mirada
hacia mi lejano pueblo,
¿podré ver los ciruelos en flor
a lo largo de los cerros?



* El poema fue escrito en el camino hacia el exilio, en la provincia de Jiang-Xi, en el sur del país.



en Poesía clásica china (Edición de Guojian Chen), 2001






viernes, febrero 17, 2017

"Oración por Marilyn Monroe", de Ernesto Cardenal







Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra con el nombre
            de Marilyn Monroe
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada
            a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.

Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia
            (según cuenta el Time)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también más que eso...
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz)
Pero el templo no son los estudios de la 20 th Century-Fox.
El templo –de mármol y oro- es el templo de su cuerpo
en el que está el Hijo del Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20 th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.

Señor
en este mundo contaminado de pecados y radioactividad
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda.
Que como toda empleadita de tienda soñó ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos
-El de nuestras propias vidas- Y era un script absurdo.
Perdónala Señor y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
Por esta Colosal Super-Producción en que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes
para la tristeza de no ser santos
                                                            se le recomendó el Psicoanálisis.

Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje –insistiendo en maquillarse en cada escena-
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.
Como toda empleada de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.

Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
                                                                 y apagan los reflectores!
y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
                                                                          porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
              vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan sólo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.

Señor
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Angeles
                                                                contesta Tú el teléfono!




en Oración por Marilyn Monroe y otros poemas, 1965














jueves, febrero 16, 2017

“Preguntas por las almas que dicen que habitaron el río del cielo”, de Leonel Lienlaf






Pasaron;
humedecidos de tanto deambular por los pantanos
recogiendo juncos y algas.
Se perdieron;
en los cuatro bastones del cielo.
Se hundieron;
en el luminoso camino de los sueños.



en Kogen, 2014






miércoles, febrero 15, 2017

“Al príncipe”, de Pier Paolo Pasolini

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Si retorna el sol, si desciende la tarde,
si la noche tiene sabor de noches futuras,
si una tarde de lluvia pareciera volver
de tiempos demasiado amados y nunca del todo nuestros,
no soy más feliz ni gozando ni sufriendo:
delante de mí no siento más toda la vida...

Para ser poeta se debe tener mucho tiempo:
horas y horas de soledad son la única manera
para forjar algo, que sea fuerza, abandono,
vicio, libertad, para dar estilo al caos.

Ahora tengo poco tiempo: por culpa de la muerte
que ya viene en el ocaso de la juventud.
Pero también por culpa de nuestro mundo humano,
que a los pobres quita el pan, y a los poetas toda paz.




en La religione del mio tempo, Garzanti, 1961












Al principe

Se torna il sole, se discende la sera, / se la notte ha un sapore di notti future, / se un pomeriggio di pioggia sembra tornare / da tempi troppo amati e mai avuti del tutto, / io non sono più felice, né di goderne né di soffrirne: / non sento più, davanti a me, tutta la vita… // Per essere poeti, bisogna avere molto tempo: / ore e ore di solitudine sono il solo modo / perché si formi qualcosa, che è forza, abbandono, / vizio, libertà, per dare stile al caos. // Io tempo ormai ne ho poco: per colpa della morte / che viene avanti, al tramonto della gioventù. / Ma per colpa anche di questo nostro mondo umano, / che ai poveri toglie il pane, ai poeti la pace.








martes, febrero 14, 2017

“Unas cosas”, de Javier Heraud



 

Mariposas, árboles,
calles angostas y
venideras, ¡cómo decirles
que a la hora del crepúsculo
sus ramas vivideras volverán
a crujir en la tormenta!
Si en la noche
remontaran
el más ancho río,
¡cómo negarles su candor
sangriento,
su pecho claro
esclarecido!
Mariposas, árboles en la
tormenta, en el río claro
meced vuestras alas al
ruidoso viento
que entre los dos saldrá
la madrugada.



en Poesía completas y cartas, 1976






lunes, febrero 13, 2017

“Balada de los amigos desconocidos”, de Lars Gustafsson

© Traducción de Juan Cameron



(1935-2016)


Aparecen en sueños densamente poblados.
Emergen por la noche. Entre aquellos,
que uno ve por el día y rostros
de la infancia; el odioso maestro de física
con los claros azules, con ojos siempre profundos
de cazador, con gabardina sobre una negra bicicleta;
aquellos señores vestidos iguales
sentados en sillones de los padres,
como si fuera obvio: ocupantes ilegales.
De los padres ni rastro. La puerta está bloqueada.
En el peor de los casos aparecen,
aquellos que de día nunca he visto,
amigos que sueñan sólo ser albergados.
Tienen rostros bastante comunes.
Uno de ellos es una chica, vive en una granja en el campo,
pienso que vive tal vez con su padre,
pero el padre nunca se ha visto. En el sueño
la conozco desde niña,
de cabello rojizo, la cara un tanto ancha,
a veces lleva un gesto de compasión
en su amplio y común rostro claro.
Sucede que ella se levanta y se va rápidamente.
Uno de ellos es un mago, o tal vez sólo
un viejo profesor de impermeable gastado
quien sube por las empinadas calles. Lleva anteojos
con marcos de níquel. Lo sabe todo.
Va a mi lado bajo la lluvia y asiente con la cabeza.
Todo cuanto digo lo confirma una hipótesis.
Está seriamente interesado, él ha visto
todo esto ocurrir, no una, sino cientos de veces.
Una es una hermosa dama, de cabello muy oscuro,
desayunamos junto a una mesa con boeuf tartare,
sus dedos son muy finos en torno a la taza
de café, charlamos muy poco entre ambos,
permanecemos casados por décadas, hay
demasiado tras nosotros, experiencias, crisis, aventuras,
ella es bastante escéptica, pero me ama después de todo.
De cuando en vez durante la lenta conversación
me habla de recuerdos comunes, viejos amigos,
personas que están muertas hace ya mucho,
alguien que estuvo ayer y hablaba sin parar
espantosamente: todo esto lo conozco. Me cansa.
Ella ya tiene pequeñas pequeñas arrugas en torno a los ojos,
sus dedos juegan nerviosamente con la servilleta.
Nunca he sentido nada por una dama así.
Despierto y noto que todo está en silencio,
sin voz, que un pájaro solitario modo volante
sube y cae en un pantano del Condado del Este.












domingo, febrero 12, 2017

“¡Qué diablos!”, de Carlos Soto Román





(a propósito de Caminando Alrededor)


Cuando la tierra bosteza
los ojos tiemblan
y sucede que me canso
de los reflejos tristes,
de la luz tenue,
de los métodos inquebrantables,
de la sonrisa misma
de aquellos que creen
vivir plenamente
en donde todo ocurre,
en donde todo es
supuestamente
todo lo contrario
a la definición
más exacta
de la palabra apócrifo.

Cuando la tierra bosteza
los ojos tiemblan
y sucede que
la superficie torna
lentamente
a azul violeta
su vestimenta,
yo me pregunto nuevamente
qué diablos pasaría
si todo fuera mentira.



en La marcha de los quiltros, 1999