lunes, enero 22, 2018

"Serrano", de Gonzalo León

Dos fragmentos




I


Serrano no sueña ni recuerda, vive en diversos planos, por eso es capaz de retroceder en el tiempo y vivir un presente que se creía pasado. Aquella tarde se vio joven y saludable, caminando por las calles de Santiago con su amigo Héctor Barreto, quien hacía poco había entrado a las filas del Partido Socialista, lo que, pese a lo que imaginaba, no lo tenía del todo contento. Es más, había desilusión en sus palabras y parecía que en cualquier momento iba a desfallecer. Serrano, preocupado por aquel joven de diecinueve años pero sin detener la caminata, le preguntó qué le pasaba exactamente, cuál era el motivo de su desilusión. Barreto no quiso contestar. Siguieron caminando por la calle San Diego, pasaron por el Café Volga, donde Barreto a veces hacía un alto, pero ese día no tenía ganas de hacer la pausa acostumbrada y continuó. Serrano a su lado observaba las calles, la gente, a unos nacistas en una esquina que lucían una solapa con el típico dibujo de un brazo musculoso, cosa que le preocupó y le hizo apurar el paso, no por él, sino por su amigo, ya que en esa época nacistas y socialistas solían enfrentarse en las calles.

Dieron más vueltas, esta vez Barreto se entregó a la deriva propuesta por su amigo. La Cordillera de los Andes lucía hermosa: blanca, entera, sólida, como una realidad incontrarrestable. Por un segundo Serrano pensó si esa inmensidad podía ser Dios y luego se preguntó por qué no salía tanto a la naturaleza si estaba ahí, a sólo unos pasos: el Océano Pacífico al oeste y la cordillera al este. Curioso porque ese era el fondo del dibujo nacista que lucían en sus solapas aquellos jóvenes militantes. Pensó en su juventud, en que podía hacer ese trayecto en un día si se lo proponía, ¿pero por qué no lo hacía? ¿Por qué su vida no tenía ese afán de aventura?

Miguel, tú sabes que eres como un hermano para mí, dijo de pronto Barreto, deteniéndose justo antes de cruzar una calle. Serrano también se detuvo y lo miró fijamente. Su amigo era hermoso y adorable, al modo en que los griegos adoraban a sus dioses: Yo, aquí, como me ves, lo he vivido todo, absolutamente todo, pero en sueños. Quizá por eso nadie me entiende, menos los del Partido, que no poseen esa sensibilidad artística que tú tienes. Serrano le respondió tímidamente que debía ser porque él no era socialista, con lo que consiguió sacarle una sonrisa a su amigo, que en todo caso no duró demasiado. Hermano, prosiguió Barreto, ya no sé adónde ir. He agotado todos los caminos. Sólo contigo puedo hablar. En estas palabras se sentía una pesadez tan grande que Serrano no supo cómo digerirlas y se preguntó cómo actuar ante un amigo que le dice que eres el único camino. Entonces se abrazaron y sintieron cómo el tiempo giraba en torno a ellos: pasado y presente, presente y pasado, dando vueltas, como si fueran cara y contracara de un mismo verbo.

Como Serrano no estaba recordando ni soñando, sino viviendo en otro plano, de pronto se encontró unos días después, aunque esta vez su presencia no era sólida, o más bien no era humana, sino tenía esa levedad de los dioses. Serrano observaba todo desde una especie de nube, mientras que abajo su amigo y hermano discutía con unos nacistas en el Café Volga. Minutos más tarde la escena se repetía pero en la calle, esta vez los nacistas no dudaron en sacar sus armas y Serrano quiso bajar de su especie de nube sin éxito. Ante el inevitable final, Barreto levantó en el aire su anillo y exclamó: ¡Por aquí, pasen las balas por aquí! Después de eso una lluvia se desató con impotencia y anegó calles y calles a la redonda.





II

Caminaba por la sala como león enjaulado, mientras Zorrilla se encargaba de aclararle una y otra vez que los muchachos estaban bien.

¿Te acuerdas cuando Héctor Barreto fue a casa de mi tío Vicente?, dijo Serrano cambiando de tema, y Zorrilla contestó que sí, que en esa época él y Eduardo Anguita, Teófilo Cid, Braulio Arenas y otros escritores que no sobrepasaban los veinte años fueron a esa esta. Exactamente, advirtió Serrano, y recuerdo que estábamos rodeados por obras originales de Picasso, Miró y Hans Harp; mi tío repartía su vino con interesada sabiduría; bebía poco, como escribí una vez, pero se emborrachaba con las palabras al compararse con Shakespeare y con el Cid, de quien aseguraba descender por línea materna o paterna. Héctor permaneció callado toda la velada, como si nada le interesara, ni el exquisito vino, ni las originales pinturas, ni menos la conversación de mi tío. Sólo cuando mostró su libro Gilles de Rais sus ojos brillaron. ¿Te acuerdas de esa velada, Enrique? Por supuesto, contestó su amigo, fue unos meses antes de su muerte, o quizá un mes antes, julio de 1936; si mal no recuerdo, yo había entrado al Movimiento Nacional Socialista y Héctor a la Federación Juvenil Socialista. Cosa, observó Serrano, que los convertía en enemigos. Pecados de juventud, exclamó y luego pasó delante de los dos retratos de Hitler, y se acercó a la ventana, pero antes de llegar a ella se dio media vuelta y miró fijamente a su amigo, quien entonces le consultó si después de todo lo acontecido estaría dispuesto a conocer a los muchachos.

Serrano no dijo nada por unos minutos, y pensó que era una suerte que nunca le hubiera pasado nada. ¿Hace cuánto nos conocemos, Enrique?, dijo el anfitrión sin mirar a su invitado. No sé, unos sesenta años, creo. ¿Y los muchachos, qué edad tienen? Zorrilla dijo que no lo sabía, pero conocía a Rafael hace unos siete años y a Mauricio hace seis. Veo que les tienes mucha estima, advirtió Serrano, y su camarada a modo de respuesta volvió a encogerse de hombros. Espero que no sea porque son jóvenes, agregó, porque recuerda que nosotros también fuimos jóvenes y, sin darle tiempo para decir nada, agregó serio: Déjame pensarlo, ¿te parece? Aunque si reparasen la tumba del querido Héctor, podría aceptar.

¿Sabes lo que más me molesta de todo esto, querido Enrique?, retomó. Los atropellos que ha tenido que soportar esa tumba: primero los funerales en los que miles de socialistas trataron de apropiarse de nuestro Héctor, ¿recuerdas las palabras de ese líder socialista que dijo “No pasarán” en alusión a nosotros, los nacionalsocialistas? Pero tú en esa época no eras nacionalsocialista, Miguel, de hecho siempre has negado cualquier adhesión a… Serrano ladeó su cabeza y enseguida esbozó una sonrisa: Soy lo que soy. Zorrilla, más animado, agregó que más que los funerales lo que le había molestado y mucho había sido que después de la Matanza del Seguro Obrero, el Partido Socialista tuviera el mal gusto de rendirle otro homenaje. Eso fue en 1939, dijo Serrano festejando su buena memoria, cuando pusieron el rostro esculpido de Barreto sobre la tumba, una bonita escultura de Manuel Banderas. Pero concuerdo contigo, a nuestros muertos nadie los respeta.

En ese momento y sin que nadie la llamara apareció Aniela con una bandeja con dos tazas de té y una merienda. Al dejar la bandeja en una mesa comentó: Deben alimentarse. A propósito, Enrique, la semana pasada tuve la oportunidad de leer su libro La profecía política de Vicente Huidobro y debo decir que, independiente de los tristes acontecimientos que relata, predispuso mi espíritu para bien. ¿Una o dos cucharadas?

Como es habitual en Chile, hubo un temblor: Zorrilla se sobresaltó, pero Serrano, quien había aprendido de su amigo Carlos Muñoz Ferrada la conducta ideal para los sismos, siguió en su lugar sosteniendo la taza de té y recordando lo que había pasado hacía cuánto, ¿quince, veinte, treinta años, en su otra casa de Valparaíso?



2017






Fragmentos tomados de la web Letras.mysite.com












domingo, enero 21, 2018

“Súplica”, de John Wieners




 
¡Poesía!, visita esta casa a menudo,
impregna de triunfo mi vida,
no me dejes solo,
dame un hogar y una mujer.

Llévate esta maldición lejos
de las drogas y de la muerte prematura,
hazme un amigo entre pares,
préstame amor, dame la oportunidad.

Devuélveme a los hombres que enseñan
y, sobre todo, cura este dolor
que desea lo imposible
a través
de este vacío suspendido.




Traducción de Juan Arabia



en Poesía Beat (Antología), 2017

Editorial Buenos Aires Poetry



extraído de Selected Poems 1958-1984, 1986

Black Sparrow Books



Supplication

O poetry, visit this house often, / imbue my life with success, / leave me not alone, / give me a wife and home. // Take this curse off / of early death and drugs, / make a friend among peers, / lend me love, and timeless. // Return me to the men who teach / and above all, cure the / hurts of wanting the impossible / through this suspended vacuum.










sábado, enero 20, 2018

“El Sur evocado", de HuangFu Song

Versión de Juan Carlos Villavicencio






La mecha quemada de la vela,
flores de canna rojas pintadas en la oscura pantalla.
Soñé con arrancar ciruelas de la Costa Sur
con canciones tocadas por una flauta a la deriva
           una noche lluviosa de antaño,
con susurros perdidos
en un arroyo corriendo bajo el puente al lado de mi destino.










viernes, enero 19, 2018

“La noche”, de Roberto Onell




 
La noche es la noche otra vez.
Silencios y voces, ya nada.
Inicia su boca de árbol.
De sombra se espera y subsiste.
Me espera de pie y es de noche,
            me espera en las ramas.
            Es triste.
Mis ojos te miran: no puedo.
La noche una vez va conmigo.
La noche no vive, no existe
si siendo ya siempre, de noche,
la noche y mis ojos. La noche.



en Antología Poesía Chilena Viva, 2016

Ediciones Tácitas









jueves, enero 18, 2018

“Melancolía de funeral”, de W. H. Auden






Para todos los relojes, corta el teléfono,
impide que el perro ladre con un hueso jugoso.
Silencia los pianos, y con tambor amortiguado,
trae afuera el cajón, deja que los afligidos vengan.
Deja que los aviones circulen gimiendo por encima,
garabateando en el cielo el mensaje «él está muerto».
Pon grandes cintas alrededor de los blancos cuellos de los cisnes.
Deja que los policías de trafico usen negros guantes de algodón.
Él era mi norte, mi sur, mi este, y oeste,
mi semana de trabajo y mi descanso de Domingo,
mi mediodía, mi medianoche, mi habla, mi canción.
Pense que amor duraría para siempre. Estaba equivocada.
Las estrellas no son deseadas ahora, apaga todas y cada una.
Envuelve la luna y desmantela el sol.
Vuelca el océano y barre la madera.
Porque ahora nada podría hacer ningún bien.




en The Year's Poetry, 1938





Sin datos del traductor.







miércoles, enero 17, 2018

“Atardecer en el río”, de Maribel Mora Curriao




 
Una garza blanca
desafía la tarde.
Su figura inmóvil
desborda el horizonte.
El último rayo de luz
huye sigiloso por el río.
La tierra respira hondo
para seguir viviendo.



en Kümedungun / Kümewirin,

Antología poética de mujeres mapuches, 2010










martes, enero 16, 2018

"Ars poética: No alcanzó a escribir este poema (Homenaje a Ronald Kay)", de Rodrigo Arriagada Zubieta







En principio el autor del poema
debía esperar que las palabras le dolieran,
escupir sangre de boca en boca
para que circulara la voz
suturando el cisma entre los signos y las cosas,
enfermar de exceso de espíritu
y morir en un hospital público con su lucidez a solas
bajo una luz boreal de espantoso amanecer.

Debía absorber un golpe de relámpago
como el primer trago de agua en la mañana
oyendo desde el alto de los campanarios
un amargo catecismo de mil hojas
esparcidas como sed de voces que se espesan
al sonido de la noche, demasiado lejos.

Prefirió, en cambio, desaparecer en una cámara oscura
desde donde proyectar
el retrato inverso de su imagen,
reflejar la ausencia en una y mil páginas
en un mundo tibiamente deshabitado por él mismo
y envejecer inviernos adentro, al margen de su tiempo.
No creyó en la Flor Azul ni en Bizancio,
ni en Occidente y los Sacrosantos Poderes,
tampoco en las estrellas que brillan por su ausencia
mucho menos
                       en los universos falsificatorios de Macondo.

Eligió el silencio que amenaza a todo discurso
y ni la música de todas las esferas
pudo contra el mudo ritmo de quien huye despavorido
de la confusión babélica de las lenguas.

Los versos que aquí no se alcanzaron a escribir
hubieran sido todavía célebres
si las expresiones claro de luna, polvo de la tarde
y reescritura posmoderna aún figuraran
como sujetos tácitos de una oración negativa simple.
La excepción a esta regla
y el retrato de una ninfa desnuda en su habitación
son pruebas irrefutables
que confirman la existencia mutua del poeta y el poema.









Inédito























lunes, enero 15, 2018

“El lecho del viento”, de Jean-Louis Bedouin




 
El puente se alarga desmesuradamente
En el cenit en el aire de lino fresco
La ciudad ascendía girando hacia mí
Con sus arterias recorridas por los grandes barcos

Desciende ahora hacia el horizonte
Donde alguien desaparece
Quizás la viajera
Su fuga deja sobre el vidrio deslustrado
Sólo una lluvia de violetas negras

De pronto el trineo se abalanza en medio de los bailarines
La noche se abre
Sobre las terrazas nacaradas de los personajes
Altos inmóviles vestidos de niebla azul
Dirigen la recolección cuyo derecho
   acaba por fin de ser reconocido
Sin límites el deseo se recrea
De los frutos de la tierra a los frutos de las olas
Hasta los maravillosos frutos de carne
En un vergel hecho con todas las plumas del pájaro lira
Un seno una estrella en una mano de hombre

Las parejas se reflejan una en otra
Formando una galería de fuego
Que desemboca muy lejos en campo abierto



en Antología de la Poesía Surrealista (Aldo Pellegrini), 1961










domingo, enero 14, 2018

“Qué dirá el Santo Padre”, de Violeta Parra







Miren cómo nos hablan de libertad,
cuando de ella nos privan en realidad.
Miren cómo pregonan tranquilidad,
cuando nos atormenta la autoridad.
Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma
que le están degollando a sus palomas.

Miren cómo nos hablan del paraíso,
cuando nos llueven penas como granizo.
Miren el entusiasmo de la sentencia,
sabiendo que mataban a la inocencia.
Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma
que le están degollando a sus palomas.

El que oficia la muerte como un verdugo,
tranquilo está tomando su desayuno.
Lindo se dará el trigo por los sembra’o,
regado con tu sangre, Julián Grimau.
Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma
que le están degollando a sus palomas.

Entre más injusticia, señor fiscal,
más fuerzas tiene mi alma para cantar.
Con esto se pusieron la soga al cuello,
el sexto mandamiento no tiene sello.
Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma
que le están degollando a sus palomas.




en Poesía, Editorial UV, 2016





Originalmente en Una chilena en París. Recordando a Chile, 1965




















sábado, enero 13, 2018

“¿Es la flor?”, de Po Chü-I




 
¿Es la flor? No.
¿Es la bruma? Tampoco.
Viene a medianoche
y se va al amanecer.
Viene como un sueño de primavera,
que dura muy poco tiempo
y se va como una nube del alba,
sin que nadie sepa su paradero.



en Poesía clásica china, 2001










viernes, enero 12, 2018

“Fuego y hielo”, de Robert Frost

Traducción de Juan Carlos Villavicencio






Algunos dicen que el mundo terminará gracias al fuego,
algunos dicen que gracias al hielo.
Por lo que he probado del deseo
apoyo a aquellos que favorecen el fuego.
Pero si tuviera que perecer dos veces,
pienso que sé lo suficiente acerca del odio
para decir que, para destruir, el hielo
es excelente también
y sería suficiente.




en Harper's Magazine, diciembre 1920









jueves, enero 11, 2018

“La sombra de las jugadas”, de Edwin Morgan




 
En uno de los cuentos que integran la serie de los Mabinogion, dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos luchas y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e, inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro. Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia: Tu ejército huye, has perdido el reino.



en Antología de la literatura fantástica (Borges, Bioy, Ocampo), 1965










miércoles, enero 10, 2018

"Raíces", de Luis Vulliamy







Respire por mí en la casona construida por
mi abuelo, una noche de verano, enero
llanto y probablemente estrellas.

Así, creciendo de la carne a la tierra,
yo besaba las manos si cantaban los pájaros,
esperando rompieran florecidos los labios,
el secreto del cú cú o la alzada del álamo.

La prolongación agreste de los juegos
multiplicó sus caminillos por el huerto,
alternando la humedad de las verduras,
por el incitante aliento de las pomas, o
la colorida agilidad de los insectos.

Escuché también entonces cristalinas, las
primeras campanas de la escuela, y
del viejo maestro las palabras, reposadas y buenas.

Era el amado orden del Sur un cotidiano
rito de viento y de madera, casas viejas, la
desierta calle y la lenta persistencia de lluvia.

Débil vozarrón entre la piedra, la vida
transcurría como un río; estacionaria
en su calor la lila, aún su blanco aroma repetía.

No recuerdo cuándo asomó la tristeza, y
el azúcar se esfumó de mis lágrimas,
silencioso después, como el tiempo sin alma, con
los ojos cerrados me alejé de la infancia.






en Rito de viento y de madera, Editorial UV, 2017




Originalmente en Ritual del hombre inquieto, 1954


























martes, enero 09, 2018

“Yo misma fui mi ruta”, de Julia de Burgos






Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes,
y mis pies planos sobre la tierra promisoria
no resistían caminar hacia atrás,
y seguían adelante, adelante,
burlando las cenizas para alcanzar el beso
de los senderos nuevos.
A cada paso adelantado en mi ruta hacia el frente
rasgaba mis espaldas el aleteo desesperado
de los troncos viejos.
Pero la rama estaba desprendida para siempre,
y a cada nuevo azote la mirada mía
se separaba más y más y más de los lejanos
horizontes aprendidos:
y mi rostro iba tomando la expresión que le venía de adentro,
la expresión definida que asomaba un sentimiento
de liberación íntima;
un sentimiento que surgía
del equilibrio sostenido entre mi vida
y la verdad del beso de los senderos nuevos.
Ya definido mi rumbo en el presente,
me sentí brote de todos los suelos de la tierra,
de los suelos sin historia,
de los suelos sin porvenir,
del suelo siempre suelo sin orillas
de todos los hombres y de todas las épocas.
Y fui toda en mí como fue en mí la vida…
Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los heraldos me anunciaban
en el regio desfile de los troncos viejos,
se me torció el deseo de seguir a los hombres,
y el homenaje se quedó esperándome.



en Obra Poética, 2008










lunes, enero 08, 2018

"Los sonetos de la muerte", de Gabriela Mistral







                                 I

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con una
dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
y en la azulada y leve polvareda de luna,
los despojos livianos irán quedando presos.

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,
¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos!



                                 II

Este largo cansancio se hará mayor un día,
y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir
arrastrando su masa por la rosada vía,
por donde van los hombres, contentos de vivir...

Sentirás que a tu lado cavan briosamente,
que otra dormida llega a la quieta ciudad.
Esperaré que me hayan cubierto totalmente...
¡y después hablaremos por una eternidad!

Sólo entonces sabrás el por qué no madura
para las hondas huesas tu carne todavía,
tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

Se hará luz en la zona de los sinos, oscura;
sabrás que en nuestra alianza signo de astros había
y, roto el pacto enorme, tenías que morir...



                                 III

Malas manos tomaron tu vida desde el día
en que, a una señal de astros, dejara su plantel
nevado de azucenas. En gozo florecía.
Malas manos entraron trágicamente en él...

Y yo dije al Señor: –“Por las sendas mortales
le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar!
¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales
o le hundes en el largo sueño que sabes dar!

¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!
Su barca empuja un negro viento de tempestad.
Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor”.

Se detuvo la barca rosa de su vivir...
¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?
¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!






en Desolación, 1922